Por la línea perimetral estrecha que resguarda un enigma interior, unas pupilas tímidas muestran la incandescencia, que con los mojados gritos inaudibles de unos labios frotados en sincronía, pide abandonar la reclusión en la que durante dos decadas estuvo; hasta hace poco, voluntariada por provocaciones externas, aquella bestia oculta comenzó a reconocer el pantanoso camino de las sensaciones que la llevará a su nueva prisión.
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