Y ese día, él de la nada llegó exclamando por explicaciones vanas, con voz más gruesa de lo normal, por momentos provocando el pensamiento de huir a un nuevo hábitat; intentó pedir las respuestas que ese rol familiar exige en la mayoría de las casas, aunque finalizó mediando su tono a un constante liviano; fue entonces que el interceptor obstaculizó sus pensamientos con los recuerdos sombríos de la noche anterior, noche en la cual, sumiso de sí mismo, se disculpaba por las cuestiones tontas que exhibió, por las que no hubo respuesta satisfactoria respecto a la gran expectativa que dejó reposar en quien, en éste nuevo andar, con algo de tiranía ha recuperado el escalafón que ya tuvo en veces antiguas, regresando a lo original, como todo aquel que se cansa de forzarse, aun después de haber sido la misma persona que logró hacer cambiar brutalmente a ese ser que de alguna manera podía escaparse de lo cotidiano, el que sin objeciones mantenía una calma bien dirigida, hasta que se transformó, todo a la par de quien elevó el ego y exigencias frustrantes extensivamente.
La tranquilidad no llega antes de un huracán, pensó, y tallando la mano en su rostro, suspiró como en súplica de tregua, rogando a su ángel lejano como si pudiera escucharlo, berreando recuperar lo terso del principio, aun sabiendo que eso ya es un acto imposible. La peor parte todavía no llega.
Con las manos acalambradas por esos "dolorsitos" preocupantes y de la espera tardía, no piensa en más que ser seguidor de una guía impredecible; se consterna con ideas raras, se colma de incertidumbres, se le carcome en bi-polaridad la inexperta región emocional.
Está muriendo.
-Me dolieron profundamente, pero hoy me arrepiento de haber listado todas las malas cosas, como si fueras la única persona que ha cometido errores; pero me duele más, que decir todo eso, sea causa del cambio; y peor aun, sea irreversible.