Siento cierta envidia al ver que la gente puede desahogarse, a diferencia mía, no sé qué ha pasado con esos ligeros torrentes que podían derramarse atravesando por mis mejillas, sinceramente le hacen falta a mi soliloquio; es curioso que aunque intente dejar que broten a gusto y antojo como si tuvieran vida propia, no se da, aunque sea un martirizar decidido no puedo lograrlo. Se vuelve costumbre tener ansiedad pernoctante, ese insomnio divagante en vacíos sentimentales, académicos y físicos.
Necesidad. La soledad es cómplice del albedrío en su estado más estúpido: decisiones automatizadas, extremos de aburrición o diversión sistematizados que no ayudan, pensamientos vagos; en síntesis: “coger no es la vida”. Lo necesario está siento inalcanzable, ¿por qué?, es ciertamente nefasto explicarlo y escudarlo en “aun no es tiempo”, ¿o, será la realidad?, ¿o será que estoy destinado?
No. Son ideas absurdas, pero en serio ese espacio intracelular sin ocupar, es la razón por la que se busca distraer la moral y decir, de dientes para afuera: estoy bien; no obstante, esa catástasis de la locura, que no sé qué significa, pero que se escucha interesante; me lleva a pensar en que me estoy aferrando a algo que no es para mí en éste inhóspito presente, pero que podría conseguir valiéndome de mis disfuncionales armas, pero, ¿qué caso tendría llenar con piedras un lugar que solo con arena fina y agua podría completarse óptimamente? Más bien, dejando de lado todos esos placebos temporales, atender esos puntos imperantes sería lo apto, pero cómo hacerlo si no dependen de mí, sino del tiempo, persona y condición adecuados que no degeneren la historia al punto de convertirla en la llamada “antítesis del amor”; insisto con que no es mi estilo hacer uso de palabras así de subjetivas y sin convención que explique con certeza su significado, esas palabras de uso popular nacidas por la necesidad humano de nombrar todas las cosas y fenómenos inexplicables, y de atribuirlas a algo con nulo sentido realista.
Pero sí, esa... maldita soledad insatisfecha me revuelca dentro de la pregunta radial: ¿para qué estoy aquí? Es obvio que no busco ni requiero de la salida supuestamente fácil, pero me estoy cansando de actuar en el régimen de los instintos y que no haya nada que pueda extraer de mi anfiteatro la experiencia y sensación de lo que es compartir mutua y recíprocamente.
♫ . . . Pero hay una cosa que te debo decir, no es nada fácil estar tan lejos de ti . . . ♫
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