jueves, 8 de agosto de 2013

Llévame.


No hay frío entre risas y charlas, el espacio reservado parece reclamar la presencia que reconoce a ciegas, sin necesidad de tacto. No hay lágrimas entre noche y encanto, afable la mirada lejana que no se posa en quien la admira, y se mantiene encumbrada, exquisita como siempre, inalcanzable esta vez; suma horas y multiplica efectos, esos que estaban en calma latente, que nunca se fueron, que nunca se irán, que conciernen al antídoto, y revolotean en el portador.

Sabores bien delineados para el panorama y la percepción, colores cálidos, figura conocedora de su mando, gerbera artesanal irrepetible; quedan copias invisibles en las hojas escritas en compañía, amoldada cada esquina por la puerta de su hablar; locura y obsesión, pasión hecha formas suaves, trazos que jamás se separan de un imaginario inexorable, función constante de instantáneas, algunas mudas, otras ligeramente audibles, unas cuantas móviles, pero infinitivos de propósitos y razones; gramática ideal para todo porqué.

Resguardadas están las innumerables filias, reprimidas, intercambiadas por suspiros de cinco letras más la intermedia adicional, una sola, cual cita perfecta de tantas cosas únicas en un solo punto destellante del acreciente cosmos, tal cual incomparable; innegable la escasez de buena ventura que le concedían los espléndidos diafragmas dilatados, sinónimos de magnificencia, creadores y devastadores a su gusto, pero siempre dueños de la admiración corporal, de los sueños anhelantes, de la concentración sentimental; siempre ellos, siempre hermosos. ¿Quién podría desprenderse?


Hoy, sé que es posible hacerlo.

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