Continuaron los días y sus sobrenaturalidades, normal; mas esa noche me levanté para volver atrás, ahí estaba, me miraba a los ojos invitándome a su encanto, sabía bien que no me podía resistir, sabiendo que yo por eso deprecaba; y sin pensarlo me presenté, sentados frente a frente, divididos por el vacío entre sus pupilas insuperables y las mías, sus manos se volvieron cautivas de mis palmas, entre caricias sin palabras, sin poder evitar mi semblante levemente animoso, con casi imperceptibles sonrisas llenas de ideas con una mente muda, conectados entre parpadeos y respiraciones suspirantes de anhelos.
Le dije todo lo que quería escuchar acerca de mí: nada. La escena continuó en tal ambiente de empatía increíble, contemplando sinceramente el rostro de mis alegrías y derretimiento, dueño de todo, de mi inmortal enfermedad autoinmune, de la inconmesurable eternidad sentimental que desató, de mi cesión de poder, de mis descaros y discresiones instintivas que provocó, de mis planes a futuro, de mi suspensión en la atmósfera análoga que creó, dueño de mí...
Desperté... sin vivirlo, pero con la incuestionable huella característica, la que siempre deja involuntariamente: el movimiento inquieto de mis átomos. No siendo un simple método de sanación para la cordura, sino la sinapsis con la Luna que nos regalamos, cursimente, el astro que imagino, tal vez, vemos al mismo tiempo en algunas ocasiones, con nuestras exhalaciones que en algún punto se han de combinar.
Con hado queda algo de sincronía y tal sueño tuvo una parte de verdad, o al menos, así lo quiero creer.
No queda algo, ahora me da igual.
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